En uno de sus libros Juan Manuel Roca cita a André Maurois quien afirma que “los únicos paraísos verdaderos son los perdidos”. Y, si de paraísos perdidos se trata, la literatura de Efraím Medina nos lo muestra pues nos lleva a pensar que la vida es triste, carroñera, un insecto que devora todo lo que le pongan a su paso (la termita por fin acaba con el bosque y no ha saciado su hambre). La vida a veces es aburrida por tanto modismo y tanta publicidad basura con la que tropezamos, es la mejor locura realizada por la naturaleza que hemos convertido en un paraíso perdido. La vida es una horda de mamíferos que compran seguros de vida que no cubren el asalto a la vuelta de la esquina ni los despidos laborales o que cierta chica se vaya con el primer simio que le ofrece papeles de radicación en Estados Unidos, como lo cuenta Medina en su novela ‘Érase una vez el amor pero tuve que matarlo’, donde se asesina el amor jugando basquetbol con una pelota imaginaria, filmando una historia que será un fracaso, y se habla de Sid Vicius y se reescribe el suicidio de Kurt Cobain mientras se toca una guitarra imaginaria con los decibeles muy subidos de depresión —o cómo se mida ese mito enfermedad posmoderno—.
De Efraím Medina, el narrador de Ciudad Inmóvil, sólo diré lo que él ya dijo hace tiempo que en el 95 y el 97 ganó el premio Nacional de Literatura en Colombia y, según él, antes ya había ganado una veintena de asquerosos premios en todos los géneros literarios, pues la vida que retrata en sus narraciones, en sus poemas, en sus irredentas crónicas es una vulva medio frígida, medio impúdica, medio impotente e infértil. Es la vida sin valor y mediocre de la que hablaba José Alfredo, pero, en este caso, repleta de rock noventero, de alcohol, de bares, de sexo, drogas y, sobre todo, demasiada tristeza y desolación, de un sinnúmero de sueños sin tierra firme. En palabras del propio Medina, la vida es una cosa miserable allá afuera. Y dice aún otras cosas. Como la advertencia de que quien se toma enserio la literatura degenera en una momia ilustrada y de esas ya hay demasiadas no sólo en Colombia, Efraím, en México pululan y de a montón, no son más que fantoches con tino y una que otra ocurrencia aceptable que los puso en el limbo no literario sino de reflectores y famas cultureras apagando a quienes verdaderamente fueron genios en la literatura nacional, pero preferían romper lámparas e insultar al poder como Efraín Huerta; o con un discurso rebelde, desordenamente musical, el genio del caos poético, como lo muestra en sus textos Jaime Reyes; o la subversión homosexual de la poesía de Abigael Bohórquez; y uno que otro que por ahí anda en la penumbra literaria nacional.
