Eran las diez de la noche. Estaba en Playa Hornos, un cerrito de arena a mitad de Acapulco, cuando una camioneta se estacionó frenéticamente en La Costera y dos hombres se bajaron de ella. Los brazos del conductor colgaban de la ventana esperando a que los otros regresaran. Cada uno llevaba en las manos un aparato que no alcancé a distinguir a primera vista. Parecían armas de alto calibre. Ambos vestían pantalón de mezclilla. Uno de ellos tenía una playera oscura, el otro una más clara. Se treparon a una estatua que adornaba grotescamente la vista: media tonelada de bronce desfigurado, un adefesio sin pies ni cabeza. Era una monstruosidad, una ofensa que pretendía representar la figura de la mujer morena de Acapulco. (Texto completo en Tierra Adentro)
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jueves, 4 de julio de 2019
miércoles, 29 de noviembre de 2017
2 am
Mientras la ciudad avanza como una serpiente con rumbo desconocido, vacío una botella y otra y otra, y lleno este parque con bocanadas de cigarros sin filtro. Dan las 2 am y me quedo como canción rota en medio de la ciudad, me quedo solitario escuchando los ruiditos tibios de los insectos. La noche. El murmullo rosado de las parejas felices. Las cortinas de los negocios con pecho a tierra. Siempre que dan las 2 am me siento triste triste triste, con una canción rota cancerígena atorada en mi garganta, en mis pulmones, en mi estómago; una canción rota rota rota que nadie entiende ni le importa. Soy una canción rota a mitad de un parque en pleno 2 am. Madrugada. Peces en el cerebro. Árboles cuchicheando contra mí. Y un venenito verde en el bolsillo para llenar mi cabeza de balas suaves, rápidas, de fracasos y sangre, de animales degollados que galopan ferozmente en mis pupilas.
jueves, 9 de marzo de 2017
Todo por la borda
Y fue un domingo cuando nos dimos cuenta de que los pájaros nos veían diferentes, los tiburones ya no venían a preguntarnos por las noticias del día y la playa estaba plagada de arena negra, apestosa, triste. El estilo de la vida había cambiado y era hora de tirar todo por la borda. Así que juntamos las tablas de surf, los shorts tropicales, las huellas imaginarias de nuestra adolescencia, un par de balones de fútbol, fotos de los últimos tres años plagadas de acrobacias sobre las olas, de niñas en minifalda, de abrazos que ponían en su sitio a la muerte; juntamos todos los pasos, los delirios, los pleitos a puño limpio, los llantitos por una final perdida en penales y las discusiones en las mañanas tristes de esa bahía, viendo fútbol internacional los sábados a medio día, sacando monedas bajo los semáforos, odiando a las rubias que nos abandonaban porque no teníamos para una cerveza, huyendo del éxito vaporoso de las oficinas. Lo juntamos todo. Construimos una lancha con árboles secos de Palma Sola. Era domingo. La noche recién aparecía en la esquina del Pacífico. Aventamos todo a la lancha que tenía hoyitos por aquí y por allá y se metía el agua. Rociamos de alcohol 96 todo y antes de que el agua inundara todo y se la llevara al fondo, prendimos un cerillo y esos tres años se volvieron ceniza, vapor de mar, fogata en medio de la bahía y nos abrazamos pensando que en el cerro alguien veía a nuestra lancha llena de fuego y le alegraba la noche, le curaba el insomnio, lo infectaba de sueños con los que podría soportar la estructura de los días, el olvido, el desamor en el teclado, la llegada a ese trabajo malpagado y lleno de jefes incompetentes e insensibles. Si alguien veía el incendio, era alguien acorralado por la incertidumbre de la vida.
jueves, 29 de diciembre de 2016
La noche es una bala en la cabeza
Creo que el asunto es así. La noche es atravesada por ambulancias salvajes y hojitas secas de lluvia. Mierda. La noche es un abismo para partirse la jeta y soñar que juego fútbol en el pasto tropicocelestial de un campo que nunca existirá en esta tierra. Intento recordar. Su olor a lluvia inundando de tristeza a mis pulmones, su olor a especie en extinción, a canción silenciosa en una rockola fuera de mercado. Mierda. El fútbol. La lluvia. Su olor. El olor a pólvora que me acorrala cada que cumplo con el encargo. Gatos lamiéndose la pereza bajo árboles de mango. Y el mar lanzándome guantazos y patadas voladoras. Mierda. Ya perdí el hilo de la narración. Es el olor a hospital lo que no me deja aclarar cómo arruiné la bala si nunca he fallado un tiro de gracia por más lejano que esté el objetivo. Y este olor a ella, a gato triste, a perro surfeando olas peligrosas. Mierda. ¿Cómo iba la trama? Estoy perdido en Bahía Spy y mis pasos no suenan en la acera. Mierda. Ese hijodeputa fue más certero que yo. Y ya no puedo volver a la guarida y decirle al jefe, con la cola entre las patas y la pistola asegurada por los policías, que erré el tiro y ya no traía más balas, llegar y decir: mr. Chaparro, fíjese que por el olor de una mujer por primera vez en mi vida profesional no cumplí con el encargo, le ruego que esparza mis cenizas allá por Alone Palm, si no es mucha molestia, y si su corazoncito da pa' más entregue la liquidación a mi madre. Mierda, la noche es una pequeña isla donde beber cerveza bajo un almendro y oler el olor a tristeza que ella incrustó en mis dedos que se pusieron nerviosos a la hora de la hora de volarle los sesos a la competencia.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Diagonales suicidas (novela en proceso)
Me he encontrado con Diego. Pocas cosas no han cambiado en la última década. Seguimos teniendo la cara de niños aunque en la mirada se le note que él tiene dos hijos y que yo estoy oxidado por tanto tabaco. Recuerdo la mañana en que pasó frente a nosotros Carolina. Era lunes. "Para el miércoles esa chica será mía", le dije y se burló. Ella era chaparrita con unas pantorrillas que valían la pena, sus minifaldas eran asunto cotidiano. Y su mirada asonante se quedó en mi diario. Me gustaba como un simple deseo juvenil. Fui detrás de ella, nos reímos y dos días después era mi novia. Ella tenía un padre machista, un afán de ser enfermera para seguir coleccionando minifaldas y unos amigos que se sentían dioses. Ese mismo día Javi estrenaba novia, también se llamaba Carolina y era de nuestro grupo. Una mujer alta, coqueta y fiestera. Le recordé a Diego como se deshizo de mí Carolina en 48 horas. No le gustaba el fútbol, ni la melosidad de mis besos. En el mismo Lapso Javi perdió a su chica. Paradojas de la vida. Diego me preguntó por Paco, no le quise hablar de su suicidio. Recuerdo: Diego era mi suplente en las canchas de fútbol y le cambié el tema hablando del penal que falló y ya no fuimos campeones. Él sí que habló de Carolina. Estaba casada, tampoco le han pasado los años, conserva su cara de niña aunque tenga una hija y sus pantorrillas siguen intactas. Se casó con un mecánico, sufre y no se acuerda de mí. El silencio nos acorrala, seguimos esperando algo aunque nuestras vidas ya casi hayan tomado rumbo. "No he vuelto a jugar fútbol desde aquellos días. Deja de fumar. Me saludas a Paco", me dijo Diego antes de tomar el urbano. Y desaparecimos como aquellos disparos que no fueron goles porque pegaban en el poste.
jueves, 17 de enero de 2013
Diagonales suicidas (novela en proceso)
Esta tarde murió Paco. El mejor extremo del mundo que no fue futbolista profesional porque un pendejo del barrio le rompió el tobillo derecho, la crisma y la bolsa donde guardaba los cachivaches deportivos. Una pelea de barrio acabó con el futuro goleador de Paco. Aunque era mejor poniendo asistencias. Metí muchos goles gracias a las diagonales suicidas de Paco. Una ocasión, con el profe de Física (no lo confundan con educación física, sino lo que tiene que ver con esa fórmula mamona de E=MC2) hicimos una apuesta. Meter cinco goles en el primer tiempo de los cuartos de final de la prepa. Era contra un equipo de pena ajena. Aceptamos. No cumplíamos y nos reprobaba en el último semestre de la prepa, sin derecho a extraordinario, no podríamos tener certificado de bachillerato. Ganábamos y nos ponía un diez en ese semestre y pasaríamos la materia reprobada hace un año. Cayeron los cinco goles: metí dos tiros libres, una diagonal suicida, y el Paco metió los otros dos con estilo, quebrando la cintura de los rivales. Pero esta tarde Paco está muerto. La última vez que nos fuimos de borrachos dijo que no soportaba ser chalán, que sus pies eran para aventuras menos llaneras, que un día de estos se mataba. Un futbolista fracasado de 23 años con atisbos de suicidio. Paco nunca me aceptó un cigarro, pero le gustaba el tequila. Su mamá murió atropellada hace un par de años. Y se quedó solo, viendo cómo se podría el bajareque que le dejaron de casa. Paco está muerto y quiero abrazarle, decirle que no sea tan cabrón, que nos hubiéramos inyectado esa chingadera los dos juntos, que no podía dejar mis domingos sin sus diagonales suicidas. Que aquel futbolista triste seguirá metiendo golazos y rompiendo récords como lo hacemos domingo tras domingo en el llano. Quiero llorar. Mi hombría lo impide. Sería más leve si tuviera los abrazos veloces de cierta chica y sus dientes suturando mi dolor. Paco murió y más que sus pases a gol recuerdo que en el examen final en una pregunta que decía que explicáramos la equivalencia entre la masa y la energía, Paco dibujó el área rival, a él en la banda izquierda metiendo un centro, la trayectoria del balón y yo rematando de bolea ese quinto gol que nos libraba de otra materia reprobada.
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